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Dar a una persona la oportunidad de expresarse siendo escuchada sin tener que cambiar ni una sola palabra ni una sola emoción de su discurso, tiene un poder transformador del que aún no somos totalmente conscientes.

 

Crear el ambiente íntimo, acogedor, donde una persona pueda dar rienda suelta a todo lo que en el día a día va apareciendo en su mente, como ideas encadenadas, a veces a nivel consciente, pero por lo general a nivel bastante subterráneo… me atrevería a decir que es una creación revolucionaria.

 

Podríamos contar con los dedos de la mano las veces que hemos tenido la posibilidad de ser escuchados sin que la persona al otro lado nos interrumpa con una exclamación, un consejo, una aprobación o un intento de tranquilizar o de quitar importancia a lo que nos está pasando en el momento.

 

Pues yo en tu lugar lo que haría…

Pues mira,  a mi me ha pasado lo mismo pero mucho peor…

¡Que no es para tanto, hombre, tienes que valorar lo positivo de la situación!

 

La necesidad de aportar, de expresar nuestra opinión, de calmar a la persona en su dolor o de tratar de solucionar su problema son reacciones muy naturales en todos nosotros.

Supongo que tiene que ver con ese nerviosismo que nos entra cuando vemos a una persona sufriendo, nos invade una inquietud tan grande que solo se calma si podemos ayudarla a sentirse un poco mejor, al menos momentáneamente.

Nos pasa a todos. Es algo cultural que está muy grabado en nuestro hacer y estar diario.

Incluso en consulta muchas veces observo la necesidad imperiosa de “sacar” a la persona de su agujero y aunque intento morderme la lengua, no siempre lo consigo. En general se considera todo un éxito que la persona salga de la sesión con una sonrisa en la cara y sintiéndose aliviada.

 

Pero… nos gustaría ir un paso más allá.

 

¿Qué pasa si somos nosotros quienes con nuestros consejos, nuevas ideas o interpretaciones de su estado somos quienes conseguimos que la persona salga de su dolor y se sienta mejor?

Sin ninguna duda estamos contribuyendo a su mejoría y a su bienestar, no hay ninguna duda.

¿Pero qué pasará la siguiente vez que tenga una recaída fuerte?? ¿Habrá crecido en autoconfianza o necesitará de nuevo a alguien que saque la caña de pescar para rescatarla del fondo del pozo?

 

 

Y es que cuando con toda nuestra buena voluntad, hacemos de todo para sacar a la persona del estado en el que se encuentra estamos perpetuando una idea en su mente:

 

Eso que estás sintiendo no deberías sentirlo. Te hace daño, te hace sufrir, y es mejor que no lo sientas. Hay que quitarlo de ahí cuanto antes.

 

La tristeza no es buena, la rabia mucho menos, los celos, la envidia, la nostalgia, el dolor de la pérdida… Hay que quitarlos de ahí cuanto antes.

¡Pero es que incluso la alegría!!!

¡¡Anda, anda, no te rías tanto que luego viene Paco con las rebajas!!

 

Bien.

 

Vamos a dar un paso hacia atrás en la mente.

Imaginemos algo. Te invito a pensar en las personas como semillas.

A nadie le resulta extraño que cuando plantamos una semilla de tomate, lo que crezca sea un tomate. Es decir con raíces, tallo, hojas, flores y fruto de tomatera.

Lo mismo si sembramos una bellota de roble. Lo que crecerá será un gran roble y nadie se sorprenderá.

Sin darnos cuenta, estamos aceptando el hecho de que las semillas de esas plantas contienen la información precisa y exacta para que lo que brote de ellas sean un tomate, un roble, una margarita o una calabaza.

 

¿Y si pudiéramos ver a las personas como semillas?

 

Semillas que en sí mismas contienen TODA la información para su desarrollo, su realización, su crecimiento, su florecimiento.

¡Y cuando digo TODA es TODA LA INFORMACIÓN!!

 

¿Qué sucede cuando alguien atraviesa un momento triste, un brote de ira, una explosión?? ¿No puede ser que justo eso sea lo que estaba “programado” en su información de nacimiento como semilla de Juan, de Lola, de Silvia o Charlie para llegar a florecer un día??

 

¿Qué tal considerar esta idea?

 

Y si justo eso fuera lo que la información de la semilla le está proporcionando a la persona para su crecimiento, ¿porqué cambiarlo, tratar de evitarlo, calmarlo o darle nuevas ideas para cambiar su percepción?

¿No sería eso como no reconocer su sabiduría, su poder interno, su guía de nacimiento, la suya???

 

En cambio, permitir a la persona atravesar esa situación, acompañándola, escuchándola, acogiendo su sentir, aceptándola como está en el momento, sin intentar cambiarla y dejar que evolucione, que ella misma resuelva desde sí misma… ¿no favorecería que la persona empezara a escuchar a su voz interna, a confiar en su instinto, a creer más en sí misma??

 

Queremos ser seres felices, confiar en nosotros mismos, sentirnos bien plantados en la tierra, saber qué tenemos que hacer en cada momento.

¿Y qué mejor manera para llegar a ello que dejarnos ser sin corregirnos unos a otros??

 

Justo éste es el espacio que desde el camino sencillo queremos crear, el que te proponemos.

Un espacio de acompañamiento, de acogimiento, de aceptación, donde facilitarnos mutuamente conectar con nuestra voz interna, nuestra sabiduría original, la “programación” de nuestra semilla.

 

 

Un espacio de expresión y escucha acogiente, acompañante, aceptadora.

Porque tenemos una certeza absoluta: todos todos todos, venimos programados para crecer, desarrollar nuestro potencial y florecer.

Y escucharnos a nosotros mismos es el camino más directo para llegar a ello.

 

Y esto… creo que es revolucionario.

Y  vamos a crearlo.

 

Zorione Aurrekoetxea

Equipo de el camino sencillo

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